21 de febrero de 2012

Larga distancia (2)

El mar siempre tuvo para mí un atractivo importante, me gustaba tenerlo cerca y disfrutarlo al máximo. Eso, sumado al hecho de que nunca pude dormir del todo bien en camas ajenas a la mía, hacían que me despertara muy temprano y me quedara en la cama hasta que escuchaba los pasos de mi vieja en el piso inferior. A él le gustaba dormir, así que yo hacía el menor ruido posible mientras me cambiaba, y bajaba las escaleras de puntillas para no despertarlo. Unos mates compartidos y dos cigarrillos después, mi vieja y yo nos íbamos solas a la playa con un libro o una revista. A eso de las once alguna de las dos se encargaba de ir a despertarlos, de pasada comprábamos facturas y desayunábamos los cuatro juntos en la arena.

Una noche que me sentía mal, me acosté temprano y me dormí en seguida; pero me desperté muchas veces durante la madrugada, casi llorando de dolor de estómago. Cada vez que yo me movía incómoda o temblaba de frío, él abría los ojos y me abrazaba más fuerte, cuidándose mucho de no mover la sábana para no destaparme los pies.

Esa noche dormí tan mal que fue imposible que me levantara temprano. El dolor cesó por la mañana y entonces sí pude dormir, casi hasta el mediodía. Cuando me desperté, él ya no estaba. Me había dejado una nota en la mesa de luz.

Tu silueta le da a las sábanas una forma que quisieran conservar. 
Debajo tus suspiros simulan latidos, como si les dieras vida además de belleza. 
Te espero en la playa.

Ya pasaron varios años desde que leí ese papelito por primera vez, sin embargo todavía me lo acuerdo de memoria. Lo llevé conmigo a todas partes en la billetera por mucho tiempo, hasta que lo saqué y lo guardé en un cajón por temor a perderlo. Incluso después de que el amor se terminara, e incluso a pesar de eso, todavía lo recuerdo con ternura y siempre me saca una sonrisa. 

Aquel que no tuvo un amor como éste, no tiene idea de lo que se pierde.

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